De como Brasil me volvió feminista

“Guacala” es una onomatopeya bogotana que simula las ganas de vomitar. Con ella, me refería a la palabra “feminismo”.

Y lo hice durante muchos más años en mi adultez que en mi juventud porque desde chiquita, mis papas fueron los más feministas de todos, y siempre me dejaron usar la ropa que quise, jugar el deporte que quería, y actuar de la forma que quería. Es decir para mi el cielo era el límite, y la igualdad fue siempre natural.

Nunca me sentí discriminada por el hecho de ser mujer. En todos los 14 años que estuve en el mismo colegio, siempre las mujeres éramos las mejores académicamente, y yo desde chiquita era o la que escogía equipo o de las primeras que me pedían en clase de educación física.

Llegué a la universidad y, colegas que admirava: las mujeres.

Entré a la vida laboral y decidí meterme en los meandros de la coordinación y administración de proyectos sociales. En la empresa privada vi a muchos más hombres en posiciones de liderazgo que en mujeres pero luego pasé al sector público y me di cuenta que, al menos en la entidad en la que trabaja, los puestos estaban repartidos equitativamente. Todo depende de la especialidad de los sectores, pensé.

En uno de mis trabajos, me empecé a ganar la mitad de lo que la persona que estaba antes que yo se ganaba. Al comienzo me pareció normal porque esa persona llevaba un recorrido en la organización,  pero desafortunadamente cuando pedí una nivelación porque mi curva de aprendizaje iba muy bien, por motivos financieros, me negaron el aumento. Esa persona era un hombre. Me pareció injusto, pero no estaba atado con el hecho de ser mujer. Quien me remplazó antes de venirme a Brasil también pidió aumento, y siendo hombre también se lo negaron. Así que, durante los últimos años escuchaba las historias de una amiga feminista pero, nunca había ahondado en el aspecto.

Lo máximo que había hecho fue en la Universidad, en donde vi una materia que se llamaba Estudios de Género. Ahí entendí una temática que me pareció maravillosa y además, cursándola con el más costeños de los costeños empecé a ser la fiel defensora de que una de las pestañas que había que tener en cuenta para romper con las desigualdades entre hombres y mujeres, era el de las masculinidades. Sosteníaque las femi-nazis no entendían que precisamente a los hombres machistas los educan machistas, con lo cual el producto no puede ser un ser liberal sino por el contrario un ser pegado a las estructuras tradicionales de la sociedad. Que por ahí se debía dar la lucha.

En fin… mis amigos levemente machistas, y sus chistecitos levemente pendejos, nunca me trasnocharon. Sin embargo, llegando a Brasil, yo dejé de ser lo que soy, y desde entonces la  percepción en la empecé a moverme es:

mujer, extranjera, en edad de merecer.

En varias entrevistas de trabajo me insinuan que a mis 32 años y yo casada… que si yo no quiero tener hijos. Que es que mi hoja de vida me deja ver muy líder y pues que de pronto para entrar a una organización es mejor mostrarse más follower. Que si así como yo cambié de vida para venirme aquí por mi marido, qué les garantiza que yo no vaya a cambiar de la noche a la mañana si a él lo vuelven a trasladar. En fin…

Por un lado, si me pareció extraño que le hicieran un impeachment a una mujer, pero como yo no hubiera hecho varias cosas de las que ella hizo, entre ellas escoger sus alianzas políticas, pues no asocié su desdicha a su género. Sin embargo, luego empecé a investigar sobre el tema de equidad laboral y según la encuesta de IPSOS, en Brasil más de 70% siente que no hay igualdad entre hombres y mujeres. Además se le suma al hecho que en Colombia nunca le entregaban la cuenta a mi marido y aquí sistemáticamente lo hacen, como si las mujeres estuviéramos de trofeo. Se le suma estos pequeños detalles, la traducción patética de “Talentos ocultos” (peliculaza) a “Estrelas alem do tempo”: O quien hizo la traducción no se vio la película, o se la vio y fingió demencia como las declaraciones del Presidente Temer en el día de la Mujer sobre la importancia de las mujeres en el hogar y en las compras del supermercado. En fin.

Paciencia…

Y precisamente, algo que no se nos enseñó a las niñas y mujeres líderes es a tener paciencia. Nos enseñaron a hacer, decir, subir, bajar, actuar. Pero no a esperar. A bajar el ritmo, a confiar. A ver esos tiempos muertos como oportunidades para fortalecerse. Tanto si se quiere armar empresa, como si se está esperando que pase el proceso de selección, o si se compró el tiquete de la loteria o si sencillamente se está planeando el próximo viaje alrededor del mundo: las cosas pasan en el momento indicado. Todo lo demás es una preparación, es una oportunidad es un tiempo de reflexión.

Y han sido en estos 15 meses de reflexión que me declaro feminista, no por las preguntas taradas que me insinuan en las entrevistas, sino porque caí en cuenta que yo ya soy feminista: con cada una de mis acciones siempre he respetado (o al menos he tratado) de respetar a todos por el hecho de ser personas. Trataré siempre de darle duro a las ideas y no a quienes las dicen. Me comprometo a ser implacable con las palabras pero no con quien las pronuncia.

Y es así como, después de 15 meses viviendo en el gigante del Sur, me declaro feminista.

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